Cuenta una leyenda de los indios de California que el Sol, la Luna y las estrellas forman una numerosa familia. El Sol es el jefe supremo que dicta su voluntad en las celestes regiones, la Luna es su esposa y las estrellas son sus hijos, a los que tienen que devorar para sobrevivir, cuando les es posible atraparlos.
Por eso, cuando el Sol se levanta por la mañana, las estrellas huyen despavoridas hasta una cueva en el centro de la Tierra. Reaparecen hasta que el Sol se mete por la boca occidental de su madriguera.
Ésta es tan estrecha que tiene que salir por el extremo oriental de su escondrijo. A esta hora se va a dormir la Luna.
Cada mes, la Luna se aflige cuando el Sol devora una estrella, entonces se pinta de negro una parte de su rostro para demostrar su dolor. Poco a poco se consume la pintura hasta que, al cabo de un mes, brilla otra vez en todo su esplendor.