Aurora, la abuelita de Matilde, siempre le contaba cuentos mientras preparaba el chocolate caliente. Era tan espumoso y espeso que pintaba bigotes.
—Siéntate en el equipal —le decía su abuelita. Matilde se sentaba en ese sillón grande de cuero. Cerraba los ojos, escuchaba el cuento y cómo la cuchara de madera raspaba suavemente la olla. Poco después, Matilde se hundía en el equipal y se quedaba dormida. Cuando despertaba su abuelita Aurora le servía el chocolate calientito y le preguntaba:
—¿Cómo terminó el cuento Matilde? Ella siempre le contestaba. Sabía el final de los cuentos porque escuchaba mientras soñaba.